1815, el Congreso de Viena para que todo siguiera igual

Tras el fin de las Guerras Napoleónicas, las potencias vencedores trataban de mantener su poder y el de sus monarcas y lo lograron gracias al Congreso de Viena

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Congreso de Viena de 1815

Artículo actualizado el 2 agosto de 2020

Tras el fin de la Europa Napoleónica, las principales potencias del viejo continente se conjuraron para que las ideas liberales no se avanzaran por el resto de países. Trataban de mantener el stato quo previo a la Revolución Francesa de 1789. Para ello convocaron el Congreso de Viena en 1815.

Contenidos

Restauración el Antiguo Régimen

Reino Unido (Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda), Austria, Rusia y Prusia tuvieron como propósito la restauración de Antiguo Régimen en Francia y evitar la difusión de las ideas reaccionarias que había derivado de la Revolución Francesa. Tradición, legitimidad de la monarquía y derecho divino de los reyes o absolutismo fueron los objetivos liderados por el austriaco Metternich en Viena.

El objetivo fundamental del Congreso de Viena era que nada cambiara en el orden político europeo

El Congreso de Viena dio comienzo en octubre de 1814 tras la Paz de París (30 de mayo de 1814), que ponía fin al Primer Imperio Francés (1804-1814) y restituía la dinastía borbónica en Francia con Luis XVIII, hermano de Luis XVI y ejecutado en 1793. Se alargó hasta junio de 1815, principalmente por la vuelta de Napoleón al continente entre el 20 de marzo y el 28 de junio de 1815 en los llamados 100 días de Napoleón o Imperio de los 100 días.

congreso viena metternich
Klemens von Metternich (1773-1859)

Lord Castlereagh por Reino Unido, Metternich por Autria, el zar de Rusia Alejandro I y el rey prusiano Federico Guillermo III, fueron los que llevaron la iniciativa aunque también estuvieron invitados los derrotados franceses, a través de Talleyrand, y otros países en tono menor como España. La idea principal era que nada cambiara en el orden político europeo y para ello debían asegurar las fronteras para evitar que las ideas liberales que habían prendido en Francia pudieran extenderse. Por eso además del restablecimiento absolutista en Francia, que pese a la derrota militar no soportó demasiadas exigencias de las potencias vencedoras, trataron de restablecer las fronteras previas a 1789. Trataron de reestructurar el mapa europeo para aislar a Francia, como la creación de un país fuerte como Holanda con su unión con Bélgica o la anexión de parte del norte de Italia al Imperio Austriaco. Junto a los cambios territoriales añadieron una alianza militar que debía asegurar la vieja Europa absolutista.

Nuevas fronteras tras el Congreso de Viena

Junto a la anexión de Bélgica por parte de Holanda, Rusia ganó grandes territorios como Finlandia y Polonia y Noruega se incorporó a Suecia. Italia permaneció fracturada, con el control de Austria que ademas obtenía Lombardía y el Véneto, el Reino de las Dos Sicilias permanecía en manos de los Borbones, Génova y Saboya se unieron a Cerdeña y quedaron una serie de Reinos independientes como Piamonte, los Estados Pontificios y otros ducados. Todo el conjunto formaba una barrera que aislaba a Francia creando lo que hoy llamaríamos un cordón sanitario contra el liberalismo.

Congreso Viena
Caricatura del Congreso de Viena donde se repartieron Europa

La Santa Alianza

El zar de todas las Rusias, Alejandro I, fue el promotor de crear un gran acuerdo militar que conservara los acuerdos y objetivos de Viena. Primero con la Cuádruple Alianza de 1815 a la que luego se les unió Francia en 1818, formando un bloque con los cinco países, la Quíntuple Alianza. Esta alianza militar intervendría en revueltas liberales como el Nápoles y en España, donde acabó con el Trienio Liberal (1820-1823) iniciado con el Pronunciamiento de Riego. El rey Fernando VII recurrió a la Santa Alianza con los Cien Mil Hijos de San Luis que reestablecieron el absolutismo en España. El fin de la alianza llegó a la par que su promotor, tras el fallecimiento del zar en 1825.

La Europa de los Congresos

Tras el Congreso de Viena se vivió un periodo denominado la Europa de los Congresos, donde las potencias trataron de mantener las ideas del Antiguo Régimen en base a la diplomacia y, en caso de necesidad, a la fuerza de la Santa Alianza. Los congresos fueron frecuentes en el primer tercio del siglo, como el celebrado en Aquisgrán en 1818, en Troppau en 1820 donde se trató la sublevación liberal en Nápoles o en Verona en 1822, donde se decidió la intervención militar en España. En Troppau, los aliados firmaron un manifiesto que excluía de la alianza europea a los estados que fueron gobernados por revolucionarios y sobre los cuales podrían ejercer acciones de fuerza. Pese al manifiesto, en Verona comenzaron a verse algunas diferencias entre las potencias con intereses distintos, como Reino Unido.

Los casos curiosos, Reino Unido y Grecia

Es un caso curioso el del país inglés, pues de las potencias de Viena era la única que no estaba regida por un régimen absolutista y sin embargo se unió a las ideas y acuerdos de los que deseaban mantener el Antiguo Régimen. A diferencia del resto de países, Reino Unido estaba regida por una monarquía parlamentaria desde la Revolución Gloriosa de 1688. El poder de la Corona estaba limitado y se garantizaba por ley las libertades de los ciudadanos. Ni siquiera el rey estaba por encima de las leyes lo que convertía a Reino Unido en un país de gran arraigo liberal y cuna del liberalismo, con pensadores como John Locke. Pese a todo, motivado por sus propios intereses, encontró en Viena la forma de estabilidad a Europa tras una época bastante convulsa entre 1789 y 1815.

En el caso de Grecia fue una excepción en la Santa alianza y en los acuerdos de Viena. Los aliados apoyaron la revolución de 1821 que provocó su independencia del Imperio Otomano, conseguida tras el Tratado de Andrinópolis en 1829. En este caso, por encima de las ideas, prevaleció el matiz religioso contra el Islam y la defensa de los estrechos  sobre todo para los británicos, con gran interese comercial en la zona.

El avance del liberalismo

Pese a los intentos de la Santa Alianza, las ideas liberales no pudieron ser frenadas y desembocaron en numerosos movimientos revolucionarios durante las siguientes décadas. Así llegaron las revoluciones de 1820, de 1830 y sobre todo las de 1848 que dieron un enorme vuelco a Europa. La Europa que había diseñado Metternich tras el Congreso de Viena daba paso a la de Bismarck. Al liberalismo se le unieron los sentimientos nacionalistas y el enorme avance de industrialización provocó el movimiento obrero y el socialismo. Se daba forma a una nueva visión de la sociedad que cerraría el siglo XIX.

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