De la legitimidad histórica en la cinematografía: mitraísmo, sincretismo ¡y acción!

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Es un domingo lluvioso e invernal, te recuestas en el sofá de tu salón mientras devoras un bol de palomitas y te dispones a comenzar ese ocioso “deporte” conocido como zapping; en la febril maratón de imágenes por canales (programas del corazón, partidos de fútbol, telenovelas de media tarde y tragicomedias románticas) te encuentras con una película de romanos (“¡Uy! ¡Esto promete!” piensas entusiasmado). Te detienes, te recolocas cómodamente con una manta y te preparas para el esparcimiento y el deleite con un tema tan apasionante como controvertido: la colonización de Caledonia. Durante la primera mitad procuras no censurar en exceso las incongruentes escenas gore, la inexactitud de los atuendos y las insostenibles estrategias militares pero entonces, tras un poco sutil vahído en negro, ocurre el colmo de los colmos: en primer plano se presenta abruptamente un sacrificio ritual, embebido por los cánticos, el salvajismo, la sangre y un rotundo desconocimiento por parte del guionista que provoca la dilatación de tus fosas nasales y la fuga de un descomunal bufido de exasperación. Cambias de canal, aún con los párpados semi-entornados y te horrorizas pensando en cómo una producción del 2010 ha podido acogerse a un recurso cinematográfico tan inexacto, más propio de la antediluviana creencia en una magia empática o de los cuentos infantiles que de la realidad.

Durante la primera mitad procuras no censurar en exceso las incongruentes escenas gore, la inexactitud de los atuendos y las insostenibles estrategias militares…

Pero si nos detenemos a reflexionar, esta elusión constante del celuloide por la veracidad histórica no es realmente una novedad pues hace años que fue sustituida por la persistente y obcecada pugna del ego contemporáneo sobre el pretérito que nos allanó el camino; sí, querido lector, aunque pueda sorprenderte nuestra sociedad ha buscado constantemente la humillación de las tradiciones vetustas bajo una efigie de inferioridad, barbarie, paganismo o incluso bizarrismo exacerbado únicamente para facilitar la sensación de hegemonía del espectador coetáneo, quien halla en esta peyorativización una suerte de supra por fruición donde el historiador sólo ve un disparate inconexo. Te diré que Roma (al igual que tantas otras civilizaciones antiguas) no fue nunca un nido de cerrilidad, sino un núcleo de costumbres y dogmas que resultaron más parejos a los nuestros de lo que pudieras imaginar, hasta el punto de que (aquí y ahora) podríamos establecer más de tres concordancias entre sus convicciones arcaicas y aquellas que actualmente han sobrevivido a la venida del pensamiento científico. ¿No me crees? Bien, tomemos por ejemplo una de las llamadas “religiones mayoritarias” de Europa, el cristianismo, creencia abrahámica y monoteísta que adquiere como punto de partida las enseñanzas y milagros de Jesús de Nazaret. Su Antiguo Testamento, un volumen que pronostica la venida del mesías y que narra tan elocuentemente el Génesis, comparte con los fieles la historia de conspicuos personajes como Moisés, Noé, Jefté, Caín y Abel o Abraham, quienes (por si no lo sabes) se enfrentaron a la acción oblacional en la legación por contentar a un ser superior: a Abraham se le pide una obediencia y fe ciega que rozan la locura cuando sustituye al carnero de la pira por su hijo Isaac, la constante competitividad por entregar la mejor ofrenda conduce a Caín y a Abel al fratricidio, el diluvio universal que padeció Noé no fue más que un sacrificio a gran escala, a Moisés se le dice que debe consagrar corderos, toros y carneros en un orden determinado por los días del año, a Jefté se le cobra su victoria sobre la progenie de Ammon con la vida de su propia hija… todo para cubrir la necesidad de un tal Jehová de ese pedacito de idolatría que retribuía a posteriori con el perdón de las fallas y pecados humanos.

Nuestra sociedad ha buscado constantemente la humillación de las tradiciones vetustas bajo una efigie de inferioridad, barbarie, paganismo o incluso bizarrismo exacerbado.

Estos mismos actos pueden extrapolarse sin esfuerzo con los sacrificios que las culturas mediterráneas realizaban a Júpiter (Zeus), Marte (Ares) o Plutón (Hades) buscando su favor, su apaciguamiento o su protección (véase el caso griego de Clitemnestra, sacrificada por su padre Agamenón a cambio de vientos favorables), pero que han llegado a nuestros días como un simple fanatismo por la “divinidad equivocada”.

No obstante, querido lector, soy consciente de que quizá aún no estés convencido sobre la homogeneidad de ambos cultos al considerar escisiones como el politeísmo o la divergencia en la evolución de estas prácticas, por lo que apuntaremos nuestra jabalina hacia la diana de las religiones mistéricas para desplazar todo asomo de duda. Receptoras de esta designación por su propósito de transmitir el conocimiento a través de la experiencia, las religiones mistéricas plantean una cadena de misterios sin explicación lógica aparente (como podría ser la trinidad o la inmaculada concepción para los cristianos), y a cambio de la devoción del fiel prometen su salvación, protección, amparo y la recompensa de la felicidad y vida eterna tras la muerte (¿nos va sonando?). Su origen lo encontramos en Oriente de donde, gracias a las expediciones y acciones de colonización, se exportó al resto del Imperio; de los numerosos contactos que podrían llamar nuestra atención, sin duda merece la pena destacar a las divinidades frigias como Cibeles, Atis y Sabacio, las egipcias como Anubis o Isis (esta última representada usualmente con su hijo Horus en los brazos, una iconografía que adoptará después la Iglesia para encarnar a la Virgen María con el niño Jesús) y por supuesto al persa Mitra, dios cuyo culto se apostó en primera instancia en la región de Ostia y ganó adeptos gradualmente por todo el territorio.

sacrificio de virgenes Pieter Lastman

Sacrificio de vírgenes (Pieter Lastman, 1614)Resulta extraordinario constatar que el punto común de todas estas divinidades acogidas en el seno latino es su ideográfica conexión con el sol (el concepto de la luz que lucha contra las tinieblas y que llevamos arrastrando en nuestro subconsciente desde las cavernas), la fertilidad de la tierra y los hados propicios, de suerte que se les consideraba mediadores entre el bien y el mal, entre el cielo y la tierra o entre lo divino y lo humano (pormenor que debería recordarnos al papel que el llamado “redentor” ejercía en el culto bíblico). La consecución y comprensión de esta dualidad conducía a sus seguidores hasta la verdad única y primordial, hasta una entelequia verídica del insondable entorno que les confería la gloria de la esencia-espíritu (venga, reconoce que te suena).

Tampoco podemos eludir la evidente similitud entre la actitud reverencial de los sacerdotes encomendados a estos cultos y los vicarios pontificios: los de Anubis e Isis convenían una subyugación total de su voluntad a las necesidades de la deidad, los de Atis (denominados “Galli”) eran sometidos a la castración durante los rituales de aprendizaje, los de Cibeles se mantenían célibes y practicaban incisiones en su cuerpo en los festejos y procesiones a la diosa (que posteriormente eran cubiertos en el ritual de acicalado), y los de Sabacio pasaban por una ceremonia de renacimiento consistente en cubriciones con tierra y la unción con veneno de víboras. Si lo piensas, todos estos ejercicios se recogen en mayor o menor afinidad en el sacerdocio cristiano primitivo, que mantenía el celibato, practicaba la unción, la vestidura y la autoflagelación.

Sí, de algún modo todas estas creencias dejaron su huella en la cultura occidental y en las religiones posteriores, pero sin duda ninguna logró alcanzar la preeminencia del mitraísmo (a menudo comparado con el orfismo por sus enigmas y por el paralelismo de Mitra con el dios Fanes, nacido de un huevo), cuyo credo fue practicado incluso por los emperadores. A partir de los escasos textos que han subsistido a la ofensiva de las nuevas adoraciones, sabemos que su cosmogonía emerge con el nacimiento del dios Mitra entre un árbol, una roca y un manantial sagrados, y la posterior veneración de unos pastores que le obsequian con un gorro frigio, una antorcha y un cuchillo; valiéndose precisamente de este último artefacto, Mitra habría cortado el fruto sacrosanto del árbol y con sus hojas habría confeccionado su popular atuendo. (Lo sé, es inevitable que este pasaje nos recuerde a una simbiosis entre el Edén y la adoración al niño Jesús, pero continuemos).

Mitra sacrificando un toro

Mitra sacrificando un toroUlteriormente devendría el episodio conocido como “tránsitus” (parecido a la tentación de Jesús en el desierto) cuando Mitra debe aislarse en la montaña para reflexionar y termina haciendo frente al toro primordial (un animal que se solivianta únicamente por sus pulsiones inicuas y que le invita al placer del facsímile, un acto parejo al de cierto ángel caído con el hijo de Dios) al que cabalga, vence y porta sobre sus hombros hasta una cueva, sufriendo en este itinerario los terribles espasmos de la carga a cada paso (de nuevo, vemos el parecido al tránsito por el Gólgota con la cruz); aquí el toro servirá como sacrificio al dios sol, quien enviaría como testigos de tal proeza a un cuervo (impasible ante la escena), un perro (que se alimenta del trigo que brota de la espalda del toro), un escorpión (que aferraría fuertemente los testículos del animal), una serpiente (embriagada por la sangre) y a una pareja de muchachos con dos antorchas para iluminar la escena, Cautes y Cautópates (a menudo comparados con el público presente durante la crucifixión). No deja de ser interesante destacar que (dada la relevancia de la astrología en Mesopotamia) posiblemente todos estos personajes respondan a las constelaciones de Canis Minor, Hydra, Corvus, Escorpio, Leo, Acuario y Tauro, lo que explicaría por qué en el mitraismo existían 7 niveles de iniciación (correspondientes a los entonces 7 planetas: la Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno) y situaría a los dos mancebos (el octavo y noveno figurantes de este relato) como símbolos del equinoccio de primavera y otoño, razón por la que las teas apuntarían una al cielo y otra al suelo. Desde luego se ha considerado asimismo la posibilidad de la que la serpiente fuera una alegoría de la tentación, el escorpión de la muerte y el perro de la humanidad que se alimenta y sobrevive gracias al sacrificio de su héroe (una vez más al modo que emulará el cristianismo); justamente esta interpretación motivaría que los adeptos realizasen un banquete con la carne de los toros consagrados, convertidos a sus ojos en el mismo vacuno que Mitra asesinó (casi, casi como una eucaristía). Siguiendo con esta paráfrasis, debo destacar que al igual que el culto cristiano comenzó en las catacumbas y templos paleocristianos, todos los actos mitreicos se realizaban en una cueva (mitreo) destinada a la convergencia litúrgica y especialmente al taurobolium, o lo que es lo mismo la aspersión o bautizo que prometía la expiación de los pecados a través de la sangre del animal.

¿Cuántos puntos en común van ya, querido lector? Yo he perdido la cuenta, pero te regalo uno más como curiosidad: a muchos aficionados de la numismática no les sorprenderá saber que Alfonso VI fue uno de los primeros regentes en acuñar monedas de circulación preferente en Europa con la estampa del crismón y la cruz patada, pero quizá ignoráis que este hábito venía heredado de ciudades como Tarso, en la que representaban el tauróctono de Mitra en los dorsos de sus numerarios. La expansión geográfica y temporal de estos motivos condujo a la merma de su significado cuando el afianzamiento de los reinos cristianos fue irrevocable, por lo que en algunas cecas ibéricas del año 1200 aún encontramos este icono (que, por cierto, en nada tiene que ver con la tauromaquia).

Y ahora sí, convencido del símil entre doctrinas, sé que querrías preguntarme: “Bueno, y entonces ¿a qué se debe esta analogía?”. Y yo te contestaré que a un fenómeno denominado sincretismo, basado en la absorción de doctrinas diferentes de cara a una convergencia; en el caso latino a menudo se empleaba la “interpretatio romana” de manera que los soldados que acudían a un santuario foráneo asumían que la figura divina venerada en el mismo era una simple reinterpretación de la meridional que conocían. Por ejemplo, en Reino Unido se encuentran numerosas consagraciones a un Mars Cernunnos, es decir a la figura de Marte (de quien eran devotas las mesnadas) que era equiparada-mimetizada a la de la divinidad celta.

Exactamente del mismo modo se produjo un sincretismo a finales del siglo III entre la religión latina, el mitraismo y los cultos de los que hemos hablado anteriormente que se materializaron en la nueva religión del Sol Invictus, establecida como oficial en el Imperio en el año 274 por el emperador Aureliano, lo que permitió la unificación de los sectores cercanos al foedus (los limes) con el epicentro de la superpotencia romana.

Aureliano Sol Invictus
Moneda de Aureliano con la corona de Sol Invictus.

En el caso cristiano sin embargo se realizaba un sincretismo consistente en la absorción de parajes de culto, rituales, fechas destacadas (como el 25 de diciembre, día en el que habría nacido Mitra) e ídolos, forzando una hibridación muy al estilo del colonialismo del siglo XV que tanto critico en otros artículos. De hecho con la llegada del siglo IV y la oficialización del cristianismo como religión del Imperio (con Teodosio al mando) se optó por una persecución y acometida de ese pequeño “rival” mitreico que trataba de huir en el gran estanque de la Historia reconvertido en nuevas raíces dualistas como la maniquea, que halló su única vía de escape en la China de la dinastía Ming bajo el sobrenombre de “religión de la luz”.

En el caso cristiano sin embargo se realizaba un sincretismo consistente en la absorción de parajes de culto, rituales, fechas destacadas e ídolos, forzando una hibridación muy al estilo del colonialismo del siglo XV.

Como ves, querido lector, el juego por la supremacía se basó y se basa en encontrar la mayor baza hacia el supra y la idiosis, la misma que sin quererlo juegan esas peliculas de romanos que a los historiadores nos dejan con los brazos cruzados y el ceño fruncido ya que su falta de rigor histórico mantiene una innecesaria escala por el control a partir del desconocimiento. Y es que al final la globalidad historiográfica responde a la misma llamada de los últimos siglos: el pez grande se come al pequeño y pinta la jácara como mejor le parece. Por ello te pido que, la próxima vez que te encuentres frente a la gran o la pequeña pantalla, viendo una de romanos, de griegos, de vikingos, de egipcios, de samuráis, de celtas o de templarios, te preguntes y te inquietes por saber si esa realidad arcaica que te están pintando entre CGI, dinamismo extremo y entretenidos diálogos se corresponde o no con la legitimidad histórica. Gracias.

6 Comentarios

  1. Qué relación habría entre el dios Mitra y el Dios Pez. La mitra, aún hoy usada por los obispos y papas representa la cabeza del pez. En una tumba dentro de Westminster Abbey vi la mitra con dientes y ojos de pez sobre el catafalco de un obispo.

    • Es una excelente observación, Cristina. Sin duda, el culto a Mitra y a Dagón (el dios pez babilónico) tienen como principal punto en común su característica devoción mistérica y el rotundo sincretismo cristiano. Respecto al segundo y como bien dices el cristianismo absorbió la simbología de la mitra sacerdotal para el papado, aprovechando la metáfora del pescador al mismo tiempo que relegaba el culto “dagoníaco” a un plano peyorativo (esto se ve muy claro cuando, por ejemplo, se comenta que los filisteos realizaban sacrificios al Dios Pez).
      Sin duda, no deja de ser curioso que al final el cristianismo haya resultado un compendio de iconos y modos paganos.
      Un saludo!

  2. Creo que el significado de bizarro es erróneo en: “una efigie de inferioridad, barbarie, paganismo o incluso bizarrismo exacerbado “
    Bizarro significa valiente, generoso, lúcido, espléndido. La autora parece usar ‘bizarro’ como sinónimo de raro, sórdido, que es su significado en inglés y en francés pero no en español. Saludos

    • Jordi, el término “bizarro” sí puede emplearse como sinónimo de “raro”. De hecho lo aclara Fundeu BBVA y la RAE reconoció que en futuras revisiones añadirán esta acepción. Para más, María Moliner ya lo había recogido así en el “Diccionario de uso del español”, y es el significado que tiene también en inglés, francés e italiano.
      Además de todo esto, en paises latinos como Argentina o Chile se usa únicamente con sentido de “extraño”.
      Por lo demásun artículo maravilloso, se nota que la autora sabe de lo que habla. Mis felicitaciones.

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