La civitas del Imperio Romano en la Antigüedad Tardía

Engloban el conjunto de ciudadanos que formaban una zona poblada

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En latín se distinguen civitas (civitates en plural) de urbs. Las urbs es lo que en la actualidad llamamos ciudades y a su espacio físico: calles, plazas y edificios que la forman. Civitas se refiere al conjunto de ciudadanos que forman la ciudad, lo que denominamos ciudadanía, no el espacio físico que ocupaban, por eso, no siempre las civitates se correspondían con un núcleo urbano, sino que podían englobar a villas o poblados cercanos.

Tipos de civitates

Los romanos distinguían entre varios tipos de ciudades: civitates de derecho romano o de ciudadanía romana plena, ciudades latinas, pertenecientes a la Liga Latina, ciudades sin voto (civitas sine suffragio) y ciudades confederadas no latinas, cuyos derechos se establecían en tratados particulares. La civitas tiene su origen en la polis griega y se desarrolla y configura durante la República Romana, pero mientras que en la polis griega se habla del hombre como animal político, en la civitas romana, es un animal social. La cohesión en la civitas se basa en el consenso de la ley, en el “pacto” de sumisión de sus habitantes a la misma.

Gobernadores de las civitates

En la Antigüedad Tardía, las civitates eran gobernadas por un consistorio (ordo decurionum o curia) formado por un grupo de grandes propietarios de tierras llamados decuriones o curiales. Desde el siglo III d.C., la administración local fue perdiendo autonomía en favor del aparato burocrático imperial y se estableció a los decuriones la obligación de recaudar los tributos, respondiendo de ellos con su peculio personal, lo que provocó el éxodo de muchos decuriones al ámbito rural o a buscar fortuna en la burocracia imperial, dejando las civitates sumidas en el desgobierno. Esta circunstancia, unida a la presión fiscal de la época, consecuencia de las guerras, la baja productividad de las tierras, muchas de ellas devastadas en la guerra y la pérdida de valor de la moneda, provocó una división social profunda entre las clases latifundistas y los humilioris. Los primeros, procedían de la vieja nobleza senatorial, antiguos militares de alta graduación y altos funcionarios; los grandes latifundios fueron engrosando con las tierras de los pequeños campesinos que, cediendo a la presión fiscal, se convirtieron en colonos en precario de sus antiguas tierras (precedente de la relaciones feudales de siglos posteriores). Los potentes crearon sus propias milicias privadas para garantizar su seguridad, edificaron iglesias propias y llegaron a establecer tribunales de justicia en sus tierras, formando el latifundio, una unidad autónoma fiscal, económica, religiosa y jurídicamente. La distinción entre campesinos convertidos en colonos y los esclavos se fue difuminando, a medida que sus condiciones de vida así lo hacían.

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Las ciudades en el siglo IV

En los siglos siguientes, cuando los nuevos reinos bárbaros ocuparon la mayor parte del territorio occidental del Imperio Romano, el poder de estos latifundios y por extensión de las ciudades, fue quedando en manos de los antiguos latifundistas y los dirigentes de los grupos bárbaros, formando una nueva aristocracia. De esta “nueva” aristocracia los monarcas designaban a duces o gobernadores. La Iglesia Cristiana fue ganando parcelas de poder, sus obispos comenzaron a intervenir en el gobierno y la vida pública de las antiguas civitates. A finales del siglo IV, cuando las antiguas curiae fueron languideciendo, los príncipes de la Iglesia se convirtieron en muchas ciudades en los administradores de justicia.

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