Los suplicios de Erasmo

El gran humanista Erasmo de Rotterdam (1466/1469-1536) es conocido mundialmente por su incombustible faceta literaria. Deslumbró al mundo con una recopilación de citas latinas (Adagios) o con su pequeña gran obra Elogio de la Locura. Además también lo recordamos como un perseverante defensor de la paz europea. Tampoco olvidamos sus elocuentes enfrentamientos con Lutero o su encomiable amistad con Tomás Moro.

Se podría dedicar una vida al estudio de Erasmo y seguramente no llegaríamos a abarcarlo en todo su esplendor. Hoy mencionaremos un apartado de su vida no muy cercano a su pluma: su frágil salud. Sorprende como un personaje viajero (considerado primer europeo y cosmopolita) contuvo toda su vida tantos contratiempos en el aspecto físico.

Sin ir más lejos, la redacción de su obra Elogio se debió a un ataque de riñón que imposibilitó su salida de casa durante una semana. Su idea inicial era un mero entretenimiento. “Distraerme del dolor que me aquejaba” dice posteriormente en un escrito sobre aquello días. El manuscrito agradó mucho a sus más allegados y decidió su posterior publicación.

Elogio de Erasmo de Roterdam - Curiosidades de la Historia

Portada del “Elogio de la locura”, editada en Amsterdam en 1728

Una de las enfermedades más pesadas que soportó fue la dispepsia (indigestión). Estaba causada, generalmente, por el pescado impuesto durante los días de ayuno. Por necesidad más que deseo (su origen es humilde, con todas las letras de la palabra) tuvo que suscribirse a una dieta refinada y muy envidiable. Un borgoña debía acompañarle siempre para avivar su sangre (aunque si el vino estaba un ápice avinagrado, su estómago se rebotaba) y carne fresca, recién obtenida del animal. Reuma y el mal de piedra también fueron compañeras del erudito.

El viento le perturbaba muchísimo, hacía tambalear su salud de una manera alarmante. Igualmente, el frío lo atizaba hasta lo más profundo de su esqueleto. En prácticamente todos los retratos suyos está revestido por un ejército de densas y peludas prendas, con su correspondiente birrete. El humo de las estufas para combatir el nocivo frío saturaba sus pulmones.

Como ejemplo radical de su quebradiza condición física, Erasmo no podía utilizar las habituales astillas untadas con resina para iluminarse durante sus largos estudios nocturnos. Desprendían demasiadas toxinas para su respiración. Muy preferibles las velas de cera, también más caras.

A pesar de todo lo enumerado, su débil salud le permitió convertirse en la personalidad del momento. Príncipe del humanismo. Su delicada salud le otorgó un temperamento que le acompañó siempre. Inquebrantable en todo momento frente a presiones de católicos y protestantes. Casi llegó a septuagenario, trabajando hasta sus últimos días. Un fuerte temblor y dolorosas respiraciones apagaron el primer faro intelectual de la Europa moderna.

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