La guerra en Grecia desde el período Arcaico al Helénico

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La guerra ha sido sin duda uno de los elementos más notorios y fundamentales del estudio histórico: generadora de alianzas, de pérdidas materiales y humanas, y de un conocimiento sociológico centrado en la magnanimidad de los vencedores. El conflicto bélico nos ofrece la  oportunidad de familiarizarnos con la evolución de una sociedad cuyas necesidades y motivaciones permutaban lineal y ascendentemente con el paso de los años; pero, ¿ocurría esto también con las grandes culturas clásicas? ¿Cómo era la materia ofensiva para naciones como la griega? En las siguientes líneas trataré de acercarte a la progresión constante que sufrió la lidia en el mundo de la Elláda.

Para comprender por completo los cambios que se producen en la manu militari de esta nación, es importante destacar que el análisis de su memoria antigua nos ha ofrecido una cronología tripartita: por un lado nos encontramos con el periodo arcaico (del 800 a.C. al 496 a.C.) caracterizado por los fuertes cambios sociopolíticos y una superpoblación que buscaba el desarrollo comercial e industrial en zonas sobreexplotadas (lo que facilitó el consecuente despegue de las colonizaciones, que evidentemente no resultarán de pacíficas cesiones del territorio), en segundo lugar destaca el periodo clásico (del 496 a.C. al 336 a.C.) en el que las Guerras Médicas y la Guerra del Peloponeso imprimirán una nueva comprensión del combate en el grueso de la sociedad; finalmente en el último vértice de nuestra pirámide temporal se ubica el periodo helenístico (del 336 a.C. al 146 a.C.) que se iniciará con la inusitada expansión del reinado de Alejandro Magno y finalizará con la anexión de Grecia a Roma como provincia. Estos apuntes graduales resultan fundamentales para entender el contexto en el que se sucedió la alteración del proceder bélico.

Como podrás suponer, querido lector, la guerra en la Grecia Arcaica respondía a la necesidad expansionista de un territorio que comenzaba a verse saturado por una demografía en constante crecimiento y cuyas necesidades nutricias vaciaban las arcas y los galpones del estado. La operación, que comenzó en forma de pequeños conatos de colonización o apoikía (sobre todo en Asia Menor y el norte del Egeo desde el siglo VIII a.C hasta el VI a.C.), terminó metamorfoseándose en una red de duras campañas fronterizas, cuya falta de unidad dio lugar a guerras civiles (destacando la de Eólide) y combates entre polis que se saldaban con alianzas comerciales y matrimoniales (como fue el caso de Mesenia y Esparta). Cuando la situación se normalizó y las diversas polis comenzaron a percibir los tributos y gravámenes obtenidos de la colonización, se originó el periodo conocido como la Grecia Clásica. Sí, las necesidades de subsistencia del ciudadano y del estado se habían paliado, pero en su lugar había germinado una nueva sed insaciable: el “supra”(como yo he bautizado este fenómeno) o, para que podamos entendernos, la necesidad de superar al prójimo.

Batalla de Salamina - Curiosidades de la Historia

Batalla naval de Salamina (480 a. C., segunda Guerra Médica)

Piénsalo momentáneamente desde el punto de vista de un ciudadano griego del año 400 a.C.: “Si el crecimiento en los erarios era tan notorio que el propio Estado encumbraba y elogiaba las labores del ciudadano-soldado, adalid de aquella bonanza económica, ¿quién podía resistirse a ser el nuevo Heracles? ¿Quién no querría ser ese insólito héroe apostado en las filas griegas, a menudo anónimo en la batalla pero vitoreado en el triunfo, que alcanzase la virtud por medio de su bravura, logrando incluso un puesto de rigor como mano derecha de un importante dirigente militar?” El “supra”, por tanto, se convertirá en el motivo principal tras el conflicto bélico. Centrándonos en Atenas (elección que realizo a posta para demostrarte, querido lector, que nada tiene que ver la ciudad pacífica que nos muestra la cinematografía con la realidad histórica) y en su “Pentecontecia” (término acuñado por Tucídides y usado para referirse al período comprendido desde la derrota de los persas en Platea en el año 480 a. C., hasta el inicio de la Guerra del Peloponeso), encontramos un imperio que ejercía su poder sobre las 150 comunidades de la Liga Délica y que, aun siendo formalmente soberanas, soportaban el decreto inamovible e invasivo de la asamblea ateniense. El recuerdo de su poder militar (demostrado en la batalla naval de Salamina con el uso de thetes o ciudadanos libres, junto a hoplitas y caballería) provocaba el sometimiento constante, tan sólo resquebrajado muy puntual e infructuosamente con la sublevación de ciudades como Laurión; estas mal llamadas “rebeliones” eran rápidamente sofocadas por esos “justos ciudadanos” que has visto en las películas, esos oradores que el cine nos ha presentado como compañeros del diálogo, pero que en realidad decidían aceptar las armas y la carrera táctica en su constante búsqueda de la gloria. Soldados de cabecillas como Pericles, que ansiaban obtener vínculos de adhesión personal con el dirigente y que no profesaban ni la más mínima clemencia contra aquellos que intentaban “atentar” contra su preponderancia (de nuevo el concepto “supra” que antes te comentaba, vuelve a despuntar incluso en la plácida ciudad de Atenea). Tan sólo la derrota contra Esparta en la Guerra del Peloponeso (404 a.C.), pondrá fin a su hegemonía y a la lealtad de la manu militari, que comenzará a deconstruir la tradicional adhesión de “soldado = patria” para sustituirla por “soldado = asalariado” que se vende al mejor postor”; será precisamente este cambio de mentalidad el que caracterice la etapa helénica.

Sin asomo de duda podemos afirmar que el conflicto en el mundo helenístico era la base de la monarquía: un rey capaz de movilizar ejércitos, de mantener a los súbditos a su servicio, de contratar a las mejores huestes venidas de otros países y de conquistar nuevos reinos, era un paladín cuya autoridad emanaba prácticamente de los dioses, de modo que cualquier conquista suponía una consolidación de su poder. Por supuesto las transformaciones se dieron poco a poco, y si bien en el siglo V a.C. el ejército comenzó a relegar del servicio de aquellos ciudadanos que trataban de obtener reconocimiento al tiempo que defendían a su hogar y familias, en torno al siglo IV a .C. las campañas se componían únicamente de jóvenes carentes de medios e incluso procedencia que eran entrenados para constituir cuerpos especializados (buen ejemplo de ello fueron los arqueros cretenses), y cuyo servicio llegó a instaurar una lucrativa salida laboral que se saldaba con la dación de tierras en las zonas conquistadas. La relación entre las partes era totalmente contractual, sin lazos de fidelidad más allá de las promesas económicas, por lo que los dirigentes debían mantener en todo momento el ánimo de sus reclutas; el caso de Eumenes I (siglo III a.C) resulta muy interesante, ya que da viva cuenta de cómo la manu militari pasó de ser sierva a dueña, como diría Hegel: cuando el fundador de la dinastía atálida hubo de enfrentarse a los seléucidas cerca de Sardes (Lidia) en el año 262 a.C., encontró mayor oposición por parte de sus propias mesnadas que del enemigo, siendo necesario un acuerdo firmado en el que las falanges se comprometían a luchar únicamente a cambio de una cantidad fija de cereal y vino, futuras gratificaciones a potenciales viudas y huérfanos e inmunidad fiscal para los supervivientes. Tras este conflicto que se saldó con la anexión de buena parte de los territorios de aquella potencia sucesora de Alejandro Magno, Eumenes I mantuvo las gratificaciones regulares a sus combatientes, evitando así cualquier posible deseo de abandonar el cuerpo (una actitud que se repetirá en los dirigentes de las demás ciudades). Nos encontramos por ende con tres etapas y tres evoluciones yuxtapuestas, inconcusamente imposibles de desligar (tanto entre ellas como de su distintivo contexto social), y una escalera de escenarios y disposiciones a las que debemos el pensamiento político y bélico posterior; tanto es así que cuando Vegecio en el siglo IV sentenciaba “si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepara la guerra”) sus palabras no hacían más que entonar, sin apenas consciencia, el eco de las gestas griegas.

Una Respuesta

  1. Solounaidea

    Hola, claro el artículo, la guerra es y será para satisfacer la necesidad de poder, económico, social, y desde mi mirada particular: testosterona. Hoy lo vemos de cerca en el capo político global.
    Por algo la guerra es uno de los cuatro ginetes, y como el triángulo de fuego: el hambre, la peste, y la guerra van de la mano. Quitas uno y los otros se desvanecen.
    Supongo que son las reglas de juego. Matarnos de alguna forma.

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