La fracasada campaña del poder supremo de Abderramán III

En el siglo X los reinos cristianos del norte de la península amenazaban el califato Omeya de Abderramán III (Abd al-Rahman III). Por ello decidió organizar una gran campaña en el año 939, una que pudiera acabar con el reino de León que se extendía desde el norte de la península hasta la frontera del Duero.

Esta campaña se denominó Campaña del Poder Supremo (gazat al-kudra) y según parece reunió un enorme contingente guerrero reclutando soldados de cada rincón de su Imperio. Llamó a la guerra santa contra los cristianos, la yihad,  por lo que según las crónicas logró reunir cerca de 100.000 efectivos.

Abderraman III

Abderraman III, el primer califa de Al-Andalus.

El objetivo: Zamora

El enorme ejército omeya partió de Córdoba a finales de junio del 939. El objetivo del califa era Zamora, la más importante ciudad del reino leones y un auténtico fortín. La llamada “ciudad de los 7 fosos” era la gran baza defensiva para el reino de León..

El rey de León, Ramiro II, consiguió apoyo de otros reinos cristianos como el de Pamplona al frente del rey García Sánchez I. También se unieron al bando cristiano los condes castellanos y tropas venidas de Galicia, Asturias o Álava. Se estima que entre todos se pudieron juntar unos 20.000 soldados, que debían enfrentarse a un ejército muy superior y al que nunca habían logrado vencer.

El eclipse

El 19 de julio, pocos días antes de la contienda, hubo un gran eclipse de sol que debió sorprender a ambos bandos, tanto que durante un par de días ningún bando hizo movimiento alguno, creyendo que se trataba de un mal augurio.

Las tres batallas

En el enfrentamiento se produjeron tres batallas. La primera aconteció contra los muros de la ciudad  Zamora, la segunda, la de mayor magnitud, fue la de Simancas. Finalmente, una vez se retiraban las huestes omeyas fueron sorprendidas y emboscadas en Alhandega.

Primera batalla: Zamora

La ciudad de Zamora y sus imponentes murallas fueron un obstáculo infranqueable para el califa. Cercó la ciudad para tomarla al asalto pero al enterarse de que las tropas del rey Leones se encontraban más al este, cerca de Simancas, y con el fin de terminar de una vez por todas con la amenaza cristiana, su ejército salió a su encuentro. A sabiendas de su enorme potencial bélico decidió dejar parte de su ejército, unos 20.000, para para asegurarse la toma de la ciudad. Sin embargo les fue imposible, la decisión de los defensores causaron enormes bajas entre los sitiadores. Hasta el punto que los musulmanes usaban sus propios cadáveres amontonados en los fosos de la ciudad para poder escalar sus murallas. Por ello a esta batalla se la conoce como la “batalla del foso de Zamora”.

Ramiro II, rey de leon

Segunda batalla: Simancas

Con cerca unos 80.000 efectivos marchó al encuentro de Ramiro II y sus aliados que se habían resguardado bajo la ciudad amurallada de Simancas. Se conoce como la batalla de Simancas y comenzó el 1 de agosto y se prolongó durante varios días. Las murallas de Simancas resistieron el empuje de los andalusíes que, según pasaban las jornadas, iban perdiendo la moral, agravada por la enormes diferencias que había en las facciones de su ejército. La victoria de los leoneses y aliados fue total. Al sexto día el califa decidió levantar el cerco a Simancas y regresar a Córdoba, la capital de su imperio, a lamer sus heridas. El 6 de agosto los cristianos celebraban una enorme victoria y los musulmanes, por primera vez en dos siglos, regresaban derrotados a sus dominios.

Tercera batalla: Alhandega

Pero la cosa no quedó en Simancas. En su repliegue hacia el sur fueron sorprendidos en la región soriana de Alhandega y emboscados en un barranco. La situación debió de ser crítica para el califa debido al amontonamiento de sus hombres en un terreno tan estrecho. Muchos de ellos se despeñaron y tuvo que forzar la salida de la zona abandonando parte de su bagaje, entre ellos grandes riquezas de las que se apropiaron los cristianos. Como curiosidad entre los objetos requisados se encontraban el Corán personal del califa y su cota de malla, bordada en oro. Este hecho se conoce como la “jornada del barranco”.

Las consecuencias de Simancas

La importancia de la batalla de Simancas es enorme, probablemente las más importante de la reconquista tras las Navas de Tolosa. Fue la primera gran victoria cristiana contra los Musulmanes de la Península Ibérica y hay que hacer notar que se produjo más de dos siglos después de la toma del reino visigodo por los ismaelitas. Fue un gran toque de atención para el monarca andalusí que si bien no alteró territorialmente Al-Andalus, jamás volvió a liderar personalmente una campaña militar. Debido a la rabia que le produjo la derrota en Simancas, el califa ordenó ahorcar por cobardes a 300 de sus oficiales.

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