Cátaros, la cruzada albigense

El desenlace de la cruzada albigense contra los cátaros, considerados herejes por la iglesia, es sin duda uno de los puntos más oscuros de la plena edad media. Las matanzas realizadas bajo la bandera de Dios llegaron a niveles dramáticos, y los defensores de la fe no dudaron en matar a cualquiera, fuera o no afín a esta corriente heterodoxa.

Cátaro, que significa puro, fue un movimiento cuyas raíces se encontraban en el maniqueísmo o el gnosticismo, considerados herejías de la iglesia antiguaCríticos con la jerarquización eclesiástica, tenían unas reglas muy austeras y negaban los sacramentos de los que sólo aceptaban el Consolamentum, la extremaunción.

De cruzados a cátaros

Sus orígenes se remontan a la Segunda Cruzada, tras fracasar la empresa contra Damasco, algunos supervivientes se asentaron en Albi, en la región del Languedoc situada en el sudeste de Francia. Es por esta localidad por la que se les conoce también como albigenses. Allí comenzaron a desarrollarse desde 1150 apoyados por varios condes como el Conde Tolosa o el de Beziers. Llegaron a disponer de varios obispados y una gran influencia en la zona, lo que hizo saltar las alarmas al papado, pues una extensa zona se estaba apartando de los dogmas oficiales de Roma. El Papa envió misiones al lugar para tratar de controlar las ideas albigenses, pero la repentina muerte de uno de sus legados a manos, al parecer, de un escudero del Conde del Tolosa, desencadenó el conflicto.

Cátaros, la cruzada albigense

El papa Inoncencio III, apoyado por nobles del norte del Francia y el propio rey Felipe II, llamado Augusto, proclamó una cruzada contra los “puros”, la llamada cruzada cátara o albigense. Al frente del contingente cruzado estaba el noble Simón de Monfort.

El cenit de la barbarie llegó en la matanza de Beziers. En 1209, los cruzados pusieron sitio a la ciudad que se había mantenido fiel a la causa cátara. Tras acceder a su interior decidieron matar a toda la población, fueran o no cátaros. Uno de los legados de Roma debió exclamar “Dios sabrá reconocer quien es de los suyos”. En ese mismo año, Simón de Monfort arrebató la ciudad de Carcasona a los señores de Trencavel, que defendieron hasta el final a sus vasallos.

cataros cruzada albigense

Los cátaros son expulsados Carcasona

Muerte de Pedro II en Muret

La batalla más importante sucedió en Muret en 1213. En ella participó la corona de Aragón, Pedro II, héroe de las Navas de Tolosa, y que en todo momento intentó mediar para buscar una solución. Hasta el punto que prometió a su heredero, futuro Jaime I, a la hija de Simón de Monfort al que entregó la custodia del chico. Sin embargo las ideas de los cruzados eran otras y ante el inminente conflicto el monarca aragonés se puso de parte de sus vasallos, entre los que se encontraban varios nobles de la zona como el Conde de Tolosa. La batalla fue un desastre para Aragón, además de la muerte del monarca, supuso la pérdida definitiva de los dominios en el sur de Francia.

En 1244, los últimos cátaros estaban refugiados en el castillo de Montsegur, donde fueron apresados y un par de cientos quemados en la hoguera.

Consecuencias

Como era de esperar los dominios de los vencidos fueron repartidos entre los nobles cruzados. Más allá de las razones espirituales, los beneficios de la cruzada fueron grandes y la excusa religiosa significó un importante aumento de los territorios de la corona en la zona sur. Simón de Monfort se había apropiado de los bienes del Condado de Beziers y la corona, mediante el Tratado de París de 1229, se apoderó de gran parte de los territorios y dominios del Raimundo de Tolosa.

Otras de las consecuencias de esta cruzada fue la aparición de la Inquisición. Definida ya en el Concilio de Verona de 1184, fue en el Concilio celebrado precisamente en Tolosa, en 1229, donde se establecieron las pautas para que los obispos pudieran instruir los procesos y dictar sentencias.

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